La Inmensidad de la vida no se puede medir
en kilometros, ni en millas nauticas,
ni en horas de vuelo.
en kilometros, ni en millas nauticas,
ni en horas de vuelo.
Lo Verdaderamente maravilloso de la vida
es vivirla plenamente y Compartirla
es vivirla plenamente y Compartirla

Hay un periodo en que los padres vamos quedando
huérfanos de los hijos.
Ya no los buscaremos más en las puertas de las discotecas
y del cine. Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la natación.
Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.
Deberíamos haber ido más junto a su cama, al anochecer, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia, y a los adolescentes, cubrecamas de aquellas piezas con calcomanías, afiches, agendas coloridas y discos ensordecedores. Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto. Al principio fueron al campo, la playa, navidades, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había peleas en el auto por la ventana, los pedidos de la música de moda. Después llegó el tiempo en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, no podían dejar a sus amigos y primeros enamorados. Quedamos los padres exiliados de los hijos.
Teníamos la soledad que siempre deseamos, y nos llegó el momento en que sólo miramos de lejos, oramos mucho (en ese momento se nos había olvidado) para que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible.
Deberíamos haber ido más junto a su cama, al anochecer, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia, y a los adolescentes, cubrecamas de aquellas piezas con calcomanías, afiches, agendas coloridas y discos ensordecedores. Pero crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto. Al principio fueron al campo, la playa, navidades, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había peleas en el auto por la ventana, los pedidos de la música de moda. Después llegó el tiempo en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, no podían dejar a sus amigos y primeros enamorados. Quedamos los padres exiliados de los hijos.
Teníamos la soledad que siempre deseamos, y nos llegó el momento en que sólo miramos de lejos, oramos mucho (en ese momento se nos había olvidado) para que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y conquisten el mundo del modo menos complejo posible.
“El secreto es esperar. En cualquier
momento...
nos darán nietos”.
El nieto es la hora del cariño ocioso y la picardía no
ejercida en los propios hijos.
Por eso, los abuelos son tan desmesurados y distribuyen
tan incontrolable cariño. Los nietos son la última oportunidad de reeditar
nuestro afecto. Así es.
Los seres humanos sólo aprendemos a ser hijos después
de ser padres; sólo aprendemos a ser padres después de ser abuelos.
En fin,
pareciera que sólo aprendemos a vivir después de que la vida se nos va
pasando...
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